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sábado, 7 de noviembre de 2015

EL LUCHADOR (vivir de la nostalgia)

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Darren Aronofsky es uno de mis directores favoritos. Y aunque haya caído en la tentación de las grandes producciones con “Noé” (2014), tengo fe en que continúe mostrando el cine más duro y realista que hasta hace nada nos ha demostrado saber hacer.

Darren es un director que hasta en “El Cisne Negro” ha contado con mucho más ingenio del que otros directores pueden aportar. Y es que apura los presupuestos sin miedo a dejar nada a medias… y cuando la productora le dice “hasta aquí has llegado”, él ingenia la manera de seguir adelante hasta conseguir su propósito.

En el making of de “El Cisne Negro” podéis ver de lo que hablo. Antes de ajustarse al presupuesto, prefiere sacarlo adelante aunque tenga que acudir a trucos de vieja escuela… Por ejemplo: en la escena final donde Natalie Portman cae en un plano cenital a una gran colchoneta, ingeniaron un rail donde era la propia colchoneta la que avanzaba hasta ella, dando la sensación de caída libre.

Pero bueno, no quiero hablar de lo acojonante que es Aronofsky, quiero hablar de lo acojonante que es “El Luchador”.

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Si hay algo que me pirra, son los directores que saben dirigir con cámara a hombro, como Iñárritu, Darren se las arregla muy bien para transmitir el realismo de una vida caótica a través del efecto que solamente da esa técnica… el plano documental. La cámara a hombro en esta película es sobrecogedora, y para ello no sólo necesitamos saber dirigir una cámara a hombro, sino tener una buena historia que contar.

La gente de mi generación, los que flipábamos con “pressing catch” en Tele 5, esa época donde pensábamos que los combates eran reales y que se destrozaban en el cuadrilátero… podemos entender y disfrutar aun más de lo que nos relata esta historia.

Mickey Rourke volvió a las pantallas dando vida a Randy "The Ram" Robinson, un ex luchador de lucha libre americana que en su tiempo fue una gran estrella. Pero como todo, se acaba… y es que el tiempo y las modas no dan tregua. Randy pasó de ser una súper estrella con todo tipo de merchandising (muñequitos de él mismo, camisetas, tazas…) a un fracasado que vive en una choza en un suburbio americano.

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La grandeza de este film es la ambientación absolutamente gélida y desoladora que nos presenta su director, tonalidades azules, árboles desnudos, hojas en el suelo…

Un individuo echado a perder entre alcohol y drogas, que quiere recuperar el cariño de su hija, a la que abandonó de niña y de la que nunca se preocupó. Su hija es ahora mayorcita, y pretende, después de mucho pensárselo, darle la oportunidad de recuperar el tiempo perdido. Pero Randy no ha sido, ni es un buen padre… y las juergas que se pega con el poco dinero que consigue ganar en peleas de tres al cuarto para viejos admiradores, y algún trabajillo que le sale por ahí, le llevan a perder la noción del tiempo y de la vida. Despertándose en la habitación de una adolescente sin saber cómo ha acabado ahí, se da cuenta de que no acudió a la cita de reconciliación con su hija.

El personaje vive enamorado de una bailarina de streptease interpretado por la magnífica Marisa Tomei, la cual vive con los pies en la tierra, y no se deja llevar por los cumplidos de alguien que no cree pueda aportar nada bueno a su hijo pequeño.

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La historia se desarrolla en suburbios apartados de la ciudad, sin grandes edificios ni típicas calles newyorkinas… un ambiente distinto para una historia simple donde lo que cuentan son las escenas que se llevan a cabo.

Randy vive de los recuerdos, y de vez en cuando se apunta a peleas de lucha libre para aficionados de barrio. En ella improvisa minutos antes coreografías con sus compañeros, coreografías donde se clavarán grapas, se cortarán con cuchillas, y ofrecerán un espectáculo dantesco al público más ansioso de sangre.

También existe una escena donde el drama aflora por sí solo. Randy acude a un evento organizado por un busca vidas donde reúne a algunas viejas glorias de la lucha libre. Sentados en pupitres en una sala de deportes de un colegio, Randy observa a sus compañeros… uno con una sonda en la pierna… otro lisiado, otro muy mayor… esa escena nos transmite pena, una pena que nos llegará a todos y que por ello se hace más densa y triste.

Vamos descubriendo un personaje solitario al que las arrugas le van dando caza. Un individuo que reconoce tener que encaminar su vida tras descubrir que su corazón le da problemas, y se pone manos a la obra trabajando en una carnicería de un centro comercial… Es maravillosa la puesta en escena de Mickey Rourke cuando tiene que desenvolver su personaje en un ámbito cotidiano, donde tiene que interactuar con ancianas, marujas y hombres que realizan la compra cual ama de casa. Poco a poco su dignidad de luchador va mermando ante la redecilla del pelo, su delantal blanco y las conversaciones banales que se generan cada día en ese lugar.

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El desenlace es maravilloso: Randy explota cortándose un dedo con la máquina de cortar carne y salpica todo de sangre ante la mirada incrédula de los clientes que guardan cola. Lanza la carne a los clientes, grita y monta un espectáculo dramático donde la idea es clara, burlarse de todos los allí presentes.

La trama se desarrolla más o menos bien con la bailarina, a la que va demostrando su lado más tierno, y a quien va conquistando por momentos.

El punto culminante viene tras el ataque al corazón, que le deja sin poder apenas moverse. Algo que no viene en las expectativas de Randy, y el cual hace caso omiso de los consejos y recomendaciones de su doctor, y prepara el combate que le devolvería (o eso cree él) a los rings americanos. Un combate con otra vieja gloria que en su momento se presentaba como máximo rival para hacer las delicias de los fans en todo el mundo.

Randy consigue ponerse en forma, pero es probable que su corazón no aguante otro asalto más… Pero la pasión de un luchador está por encima del miedo, y a pesar de la petición de renuncia de la bailarina (su novia a esas alturas), acude al combate.

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Dejar el final abierto es, para mí, un acierto, aunque entiendo a quienes hubieran preferido cerrarlo. Es evidente cual es el camino de Randy, y más que previsible su destino… por eso Aronofsky prefiere no seguir contando algo que ya carece de sentido… la historia está contada, el final es evidente, y ver morir a Randy es algo que sobra.

Para mí, una gran película, de las mejores de Darren Arnofsky.

Por Isaac Berrokal

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