
En 2003 Gus Van Sant se atreve con el relato cinematográfico de la masacre de Columbine.
SINOPSIS:
Recreación de la matanza perpetrada por dos adolescentes en el instituto Columbine. Es un día cualquiera de otoño, y todos los estudiantes hacen su vida rutinaria: Eli, camino de clase, convence a una pareja de rockeros para hacerles unas fotos. Nate termina su entrenamiento de fútbol y queda con su novia Carrie para comer. John deja las llaves del coche de su padre en la conserjería del instituto para que las recoja su hermano. Pero ese día no será como los demás...
Todos recordamos este terrible suceso que conmocionó al mundo y sobre todo a los americanos, que recibían otra bofetada en la cara que les advertía una vez más del peligro de vender armamento como si fueran cigarrillos.

Gus Van Sant no nos contará la historia de una forma habitual, repleta de planos rutinarios y perfectamente iluminados. Todo lo contrario, nos meterá de lleno en la historia como si fuéramos testigos del minuto a minuto que estos chicos viven en los días previos, y por supuesto el día de la masacre. El director contó con actores profesionales en ciertos papeles, y alumnos de instituto que nada tienen que ver con la interpretación para dar vida a los propios alumnos del instituto, de manera que su cruda visión de lo sucedido se plasmase con mejor efecto en la retina de los espectadores.

No repara en contar con detalle del por qué hicieron esto, de hecho no hay nada previo al momento en que los jóvenes reciben por correo las armas, momento en el que se disponen a probarlas en el bosque. Nos atisba sus ideales de adolescente atontado, cuando en su habitación cuelgan esvásticas y en la tele se emite un documental de Hitler.
La cinta es lenta, recorre a tiempo real y en planos secuencia el recorrido desde que se suben al coche y se dirigen a la escuela. El espectador sabe lo que va a ver, y de esta forma nos deja casi a modo de documental la idea de cómo fueron esos momentos. La tensión va subiendo sin necesidad de música, como digo parece poner tras los personajes al espectador como testigo directo de todo.

Tampoco se adentra demasiado en los personajes, pero sí que nos presenta a algunos de ellos para que podamos sentir apego por sus vidas a la hora de su ejecución.
Consigue plasmar los momentos tal y como sucedieron, con la frialdad de un asesino que mira a los ojos a su víctima y dispara sin piedad. Siguiendo los pasillos del instituto exactamente como lo hicieron ellos, y llenándolos de sangre hasta el final que todos conocemos.
Gus Van Sant es de mis directores favoritos, y fue con esta cinta cuando comencé a interesarme por su cine.
Por Isaac Berrokal
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