
Que una película de Terry Gilliam no llegue al cine, o solo pase por tres salas sin pena ni gloria y te la encuentres en DVD por 12€ como precio de lanzamiento, me olía a chamusquina, y al verla he entendido por qué.
Sinopsis:
Qohen Leth es un excéntrico genio de los ordenadores que vive en un mundo corporativo controlado por una oscura figura llamada "Dirección". Recluido en el interior de una capilla en ruinas, Qohen trabaja en la solución a un extraño teorema, un proyecto que podría descubrir la verdad sobre su alma y el significado de la existencia (o la falta del mismo) de una vez por todas.
El argumento está bien, algo manoseado, pero bien. Gilliam ha llevado la ambientación al limite de la locura, un futuro desfasado de color, software y personajes alocados que terminan desquiciándote a los 20 minutos de comenzar el metraje. Se estabiliza un poco cuando se empiezan a explicar ciertos detalles a los que no encontraba lógica, pero la falta de localizaciones y lo estrambótico del look han conseguido crearme una claustrofobia que impedía seguir con buen ritmo la historia.

En mi opinión a la cinta le faltan personajes que den un respiro a una historia tan directa y compleja, abrirla un poco y meter en ella algo más que la obsesión por encontrar el ansiado teorema cero. De lo mejor que encontramos son las referencias y guiños a ciertas creencias y tópicos, por ejemplo poner una cámara de vigilancia en sustitución de la cabeza del cristo de la cruz que hay en la capilla.
Recuerda mucho a la magnífica cinta de Aronofsky “Pi fe en el caos” (1998) donde también nos lleva, de un modo más simple y realista, a la locura obsesiva de una persona por alcanzar la solución a una ecuación imposible. Evidentemente Gilliam recurre a su mundo alocado y pesadillesco para narrar la historia, pero como digo, todo queda muy reducido a pocos personajes y básicamente un escenario predominante, la capilla.

Christoph Waltz demuestra una vez más sus dotes como intérprete, construyendo un personaje caótico, perturbado y con un carisma que se transmite perfectamente al espectador. Si no fuera por su interpretación es probable que muchos espectadores no hubieran terminado de ver la película, y es que la interpretación es un arte que va a parte capaz de salvar o destrozar cualquier obra.
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