
SINOPSIS:
Un equipo formado por los mejores deportistas de los Estados Unidos debe competir en nombre de su país en la fase final del campeonato del mundo de Taekwondo que se celebra en Las Vegas. Su principal contrincante es Corea. Dentro del equipo americano está Alex Grady, un luchador casi retirado por culpa de una lesión, y Tommy Lee, a quien atormenta el recuerdo de su hermano que murió luchando contra su próximo rival coreano. A pesar de todo, Alex, Tommy y el resto del equipo intentaran ganar el título mundial.
“Campeón de Campeones” fue el segundo film de Robert Radler, una película de 1989 con la que de nuevo se retrataba la figura del deportista intentando conseguir la plena superación, como ya hiciera la pionera de todas ellas, “Rocky” (1976).

En este caso hay una trama dramática bastante clásica, podemos decir que se trata de una venganza, pero dentro de los límites de una competición… La película plasma en su mayor parte los entrenamientos de estos taekwondistas, que, por cierto, entre su elenco está un jovencísimo Chris Penn, que aunque nada aportaba a las peleas (hacía del típico gañán dando hostias), dotaba de un carisma especial al equipo de americanos.
Phillip Rhee era la estrella de la historia. Un artista marcial excepcional que aunque no te gusten las artes marciales, era capaz de hacer que tras una película suya, te apuntases a un gimnasio sin parpadear.
Dentro de este tipo de tramas siempre existía, no sólo el resaltamiento del espíritu de sacrificio, sino los valores que aportaban, en este caso valores competitivos donde se reunía todo en la fase final.. en el gran combate donde finalmente el asesino de su hermano (Simon Rhee, quien es hermano en la vida real de Phillip Rhee), lucharían en el último combate por equipos, debatiéndose todo en ese último enfrentamiento.
La pelea es posiblemente la mejor pelea que haya visto jamás en el cine de artes marciales. Phillip Rhee demostró toda su habilidad y su potencial de técnicas marciales, en un espectáculo digno de ver una y mil veces.

El final se muestra muy tenso, a pesar de pertenecer al “happy end” de los 80, te hacía dudar, e incluso te sacaba tu lado más insensible cuando el protagonista dejaba hecho polvo al contrario, el cual se quedaba de pie frente a él a la espera de un golpe que le derribase, y diera la victoria al equipo americano… pero ese golpe no sólo les daría la victoria, sino que libraría de una vez por todas la carga que su protagonista llevaba a cuestas desde que éste matase a su hermano… El golpe que todo el público espera mataría a ese ser despreciable (aunque esto sólo lo sabe el espectador de la película y los protagonistas), independientemente si les diera la victoria a ellos, o no.

El final acaba con los últimos segundos en el marcador y Phillip Rhee ante su oponente exhausto. Rhee no llega a hacer nada, y la victoria es para los coreanos. Pero lo bonito venía en la vuelta de rosca, cuando en la entrega de medallas, son los coreanos los que se las quitan para dárselas a ellos, pues la victoria era evidente. Esas medallas no sólo premiaban su calidad marcial superior a la suya, sino su ética, su dignidad y sus principios como ser humano.
Una de esas películas maravillosas para enseñar a los chavales en su pre-adolescencia.
Por Isaac Berrokal
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